Fionn y el Salmón del Conocimiento

Leyendas Irlandesas 

      Los Tuatha Dé, padres de todos los duendes y hadas de Irlanda, habían expulsado a los oscuros Fomoré lejos, muy lejos, más allá del mar del oeste, después de dos guerras terribles. Durante años se dedicaron a crear colinas, a hacer crecer las flores y los árboles y a celebrar fiestas llenas de música y bailes. Pero, una vez terminaron de hacer todo aquello, tuvieron miedo de que los Fomoré volvieran para quedarse con la isla y, ya puestos, con todo lo que poseían, incluso sus poderes mágicos; así que decidieron mantener todos aquellos conocimientos a salvo de sus enemigos y partieron en todas las direcciones buscando un buen lugar donde esconderlos.

—Escondámoslos bajo las piedras del norte —propuso Goibniu, el herrero.

—Ellos tienen gigantes que podrían levantarlas. No nos vale — dijo Nuada, el rey.

—Escondámoslos entonces en la más alta montaña del este —intervino Macha, la guerrera.

—Son capaces de escalarla. No nos vale.

—¿Y si los hundimos en el fondo de una ciénaga del oeste? —preguntó Óengus, el más bello.

—Con lo que les gusta lo oscuro y lo sucio, será el primer sitio donde busquen. No nos vale.

—¿Y en las nieblas cerradas del sur? —propuso Airmed, dueña de la luz del sol.

—Soplarían dos veces para apartarlas y nuestro Tesoro quedaría al descubierto. No nos vale.

Uno a uno, todos los Tuatha Dé hablaron al rey de los sitios que habían visto y de aquellos que, a su parecer, eran mejores para guardar su poder, pero uno a uno, Nuada, el rey, los había ido rechazando.

Entonces, el joven Lugh dijo:

—Yo he visto un pozo rodeado por nueve avellanos, casi en el centro de Irlanda. Podemos esconder nuestros conocimientos en las raíces de esos árboles, así nunca los encontrarán.

Nuada lo pensó un momento y le pareció un lugar perfecto, pues los malignos Fomoré siempre venían del mar y aquel pozo estaba lo bastante lejos como para que no pudieran llegar hasta él.

Goibniu guardó lo que sabía de los metales, Lutchcra de la carpintería, DianCecht de la medicina, Badbh lo que sabía de la guerra, Morrigan sus conocimientos sobre la muerte, Airmed el secreto de los primeros rayos de la primavera, Óengus lo que sabía del amor, Flidais lo que conocía de la magia, Lugh las historias del mundo, y el propio rey Nuada el truco para poder gobernar.

Más de mil años pasaron sin que los Fomoré encontraran los conocimientos depositados en aquel lugar, y los avellanos crecieron frondosos alrededor del pozo, y los salmones desovaron en sus aguas al volver del mar.

Luchando contra su naturaleza, uno de aquellos salmones decidió quedarse a vivir entre sus aguas calmas, a la sombra de los árboles; y así sucedió que, un buen día, una de las avellanas cayó al agua y el salmón se la tragó.

De pronto, supo cómo forjar una espada. Aunque, a un salmón, eso no le sirve de gran cosa.

Al día siguiente encontró otra avellana y también se la comió. Ahora ya sabía cómo curar enfermedades y cuál era el secreto para enamorar a una muchacha; pero eso, a un salmón, no le sirve de gran cosa.

A la mañana siguiente y la de después y la otra, comió cada una de las avellanas que cayeron en el pozo y, al cabo de diez días, el salmón ya sabía cuanto había que saber en el mundo: el modo de ganar una batalla; por qué el sol sale más tarde o más temprano, dependiendo de la época del año; cómo construir un barco con el que cruzar los más grandes y fieros mares; hechizos para casi cualquier cosa; cómo ser un rey bondadoso y temible a la par… Pero eso, a un salmón, no le sirve de gran cosa.

Supo también todo lo acontecido a los hombres y dioses durante siglos y esas historias, al menos, le sirvieron para entretenerse.

Los hombres pronto se dieron cuenta de que aquel salmón era especial, pues sus escamas eran más rojas que las de los demás salmones, su cuerpo más grande y sus ojos se veían brillar, aun desde lo más profundo del agua. Así que lo llamaron Bradán FeasaSalmón del Conocimiento, y corrió el rumor de que el hombre o mujer que comiera por primera vez su carne, conseguiría saber todo lo que el pez sabía.

Entonces llegaron muchos a las orillas del pozo. Unos armados con redes, otros con arcos y flechas, y, los más, con palos que acababan en tridente; pero el Bradán Feasa era muy inteligente, demasiado para que resultara tan fácil pescarlo.

Pasaron los años y aquellos hombres y mujeres se fueron dando por vencidos, unos antes que otros, hasta que, al final, solo quedó uno sentado a orillas del pozo. Su nombre era Finnegas y era poeta. Tenía a su cargo a un muchacho llamado Fionn, que cada noche se sentaba junto a él, esperando a que pescara aquel pez para ponerlo en las brasas. Todos los días le hacía la cena, y, todos los días, cenaba cuando Finnegas ya había cenado.

—Hay más salmones en los ríos, maestro. Podemos ir a buscarlos.

—Ni hablar, será este o ninguno.

Fionn no entendía el empeño de su mentor por aquel salmón en particular, pero no protestaba y tampoco preguntaba. Por su parte, Finnegas no quería revelarle al muchacho lo especial del pez; conocía demasiado bien la avaricia del ser humano y desconfiaba de todos.

Una tarde, por fin, Finnegas logró que el Bradán Feasa cayera en su red, y se apresuró a sacarlo del agua y a llevárselo a Fionn para que lo cocinara.

—No probarás bocado hasta que yo haya cenado.

Aunque esa advertencia se repetía todas las noches, a Fionn le pareció que ese día su maestro lo decía más serio que de costumbre.

Obediente, cogió el pescado y lo destripó, le limpió las escamas y lo puso al fuego para cocinarlo.

Mientras el salmón se freía en la hoguera, un poco de grasa saltó sobre la mano de Fionn y, para que no le saliera una ampolla, el chico se chupó el dedo que se había quemado y, de pronto, supo cómo forjar una espada, cómo curar enfermedades y cuál era el secreto para enamorar a una muchacha; el modo de ganar una batalla, por qué el sol sale más tarde o más temprano dependiendo de la época del año, cómo construir un barco con que cruzar los más grandes y fieros mares; conoció hechizos para casi cualquier cosa, cómo ser un rey bondadoso y temible a la par, y supo también todo lo acontecido a los hombres y dioses durante siglos.

Cuando Finnegas se sentó para cenar y vio toda aquella sabiduría en los ojos del muchacho, intentó matarlo, pero Fionn logró escapar colina abajo y esconderse en un lugar seguro, mientras su maestro se maldecía por no haber cocinado él mismo el Bradán Feasa.

A lo largo de su vida, Fionn fue dejando grabado su nombre en la historia gracias a sus aventuras y a su sabiduría; aunque eso, queridos niños, ya os lo contaré otro día.

FIN

Fuente:  https://www.martesdecuento.com/2015/05/12/fionn-y-el-salmon-del-conocimiento/

1 comentario

  1. BELFAST – Aquí de Paso
    4 diciembre, 2017

    […] Fionn y el Salmón del Conocimiento […]

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